sábado, 14 de diciembre de 2013

Del John Cage sus paradojas. Primer round



 Las paradojas son aserciones que parecen razonables o verdaderas en sus premisas, pero que, sin embargo, llegan a una contradicción, a una incompatibilidad lógica. El pensamiento Zen se adentra en ellas, ya que tiene una visión distinta a la occidental (Schnaith 1999:21). En el Zen, existen distintos caminos para llegar al satori (o iluminación). Entre ellos se encuentran los koans, los cuales son problemas que los maestros budistas les dan a los aprendices que parecen ser absurdos, que parecen plantear exigencias ilógicas. Sin embargo, lo paradójico del problema es uno de los modos más profundos de acceder a lo real, pues la “solución” del mismo trasciende al sentido literal (es decir, supera el afán representacional) de las palabras; se encuentra en el Mu[1] (Suzuki 1998:31). Así, el maestro Susuki, quien enseñó el pensamiento Zen a John Cage, indica: “Para el Zen, la encarnación es excarnación; el silencio ruge como el trueno; la Palabra es no-Palabra; la carne es no-carne; aquí-ahora equivale al vacío (sünyatä) y a la infinitud” (1998: 10).

Maestro Budista T.D Susuki


2.1.1        La paradoja del “propósito sin propósito”

Influenciado por el pensamiento Zen, la propuesta de John Cage ponía como un punto importante el desapego y el aceptar la contingencia como parte del modo de actuar de la naturaleza, en contraste con el afán occidental de utilizar la razón para entender y controlar lo que acontece. Por esto el compositor mencionó en sus conferencias que él no tiene propósitos al componer, es decir, que su obra no busca contar o representar algo determinado. Cage señala en su discurso “45’ para un orador” lo siguiente: “No me dedico a los propósitos; me dedico a los sonidos”(1961: 192). Él concibe los sonidos como unidades sin carácter semántico (incluso los compara con letras[2]), y a pesar de componer con ellos, niega su funcionalidad como lenguaje representacional, su utilidad para un fin determinado. Por esta razón, su obra no tiene ningún propósito más allá que el no tenerlo, que el dejar a los sonidos ser. Para reforzar su idea menciona también “El propósito más elevado es no tener propósito alguno. Esto nos pone en armonía con el modo de operar de la naturaleza” (1961: 156).

En el Zen existe, pues, una actitud antiintelectualista, contraria al afán occidental de aprehender las cosas por medio de la razón enfrentando a la contingencia a través del control racional. Por esta razón, Cage elige a los ruidos como sus aliados. Menciona:

“Empecé a ver que la separación de mente y oído había echado a perder los sonidos, era necesario hacer borrón y cuenta nueva. Esto me hizo no sólo contemporáneo, sino <<vanguardista>>. Usaba ruidos. No habían sido in-telectualizados; el oído podía percibirlos directamente y sin realizar ninguna abstracción de ellos“. (1961: 116)


Linda Partitura para la clase de piano del niño Bobby


Linda Partitura de John Cage que hace que la madre de Bobby no contrate al profesor

Cage escoge a los ruidos porque los viejos sonidos ya habían sido digeridos y gastados por la intelectualización, mientras que las potencialidades musicales de los ruidos estaban empezando recién a ser contempladas. De esta forma, Cage rechaza la predominancia de la razón en la creación artística, al estar inmerso en un contexto histórico donde se ha perdido la fe en la razón para llegar a una verdad absoluta; un contexto donde, como se mencionó en el capítulo anterior, el lenguaje (que va de la mano con la razón) ha perdido su poderío. Es con la razón (como con el lenguaje) con la que llegamos a entender su fracaso, haciendo referencia a Wittgenstein y su famosa frase: "La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje" (1953: 33).

Del mismo modo en que el compositor rechaza la preponderancia de la razón y la importancia de tener un propósito definido al momento de componer, Cage defiende la ausencia de intereses utilitarios o egoístas en la contemplación estética. Propone de esta forma una nueva actitud al escuchar, una nueva forma de entender la música. Ésta sería atender a los sonidos como sonidos en sí; “un intento de comprender algo que se dice, pues si algo se dijera se daría a los sonidos forma de palabras. Simplemente prestar atención a la actividad de los sonidos” (Cage 1961: 10).



De esta forma, el compositor norteamericano no busca comunicar nada, sino más bien, busca comunicar la nada, a través de la negación de la funcionalidad de los sonidos como medios comunicativos representacionales. Se puede establecer una conexión con lo que menciona Barthes acerca del haikú[3]; el sentido no solo queda abolido, sino que con él también se anula toda idea de finalidad, pues el haikú (al igual que los sonidos) no sirve para uso alguno (1991: 112). La obra de Cage no tiene un propósito representacional, puesto que las obras mismas son su propósito[4]. El compositor propone que los espectadores adopten una nueva actitud frente a la música, una nueva forma de escucharla y concebirla de manera abierta, aceptando a los sonidos como son. Asimismo, defiende el carácter contingente de la vida humana  al señalar que “el arte es una suerte de estación experimental en la que probamos la vida” (1961: 139), de donde se puede deducir, que para Cage, las paradojas del Zen y la aceptación de la contingencia afirman la vida[5].




[1] El Mu () denomina el vacío en la tradición Zen. Para más información ver el texto de Suzuki “Budismo Zen y Psicoanálisis”
[2] En varias conferencias y discursos, Cage compara a los sonidos con letras, ya que las letras no tienen por sí mismas ningún significado. Asimismo, el compositor hace una relación entre los sonidos y las palabras, las cuales constituyen unidades de significado. Indica sobre su obra que “si algo se dijera [en ella] se daría a los sonidos forma de palabras” (1961: 10). Esto se vincula con los poemas fonéticos de los artistas dadá, ya que como se mencionó en el capítulo anterior, en éste las palabras quedan reducidas a simples sílabas fónicas, como en este caso lo hacen los sonidos.

[3] Los haikús son poemas breves tradicionales de Japón, comúnmente vinculados con el budismo Zen, ya que mucha de su filosofía se expresaba a través de ellos. (Barthes 1991: 112)
[4] Este punto se analizará en la parte final de la monografía, donde se desarrollará por qué la intención de las obras consiste en la presencia de las obras mismas (en el caso de 4’33’’, a través de su ausencia)
[5] Este aspecto resulta interesante para establecer paralelismos entre Cage y el movimiento dadá. En el capítulo anterior se mencionó respecto al carácter destructivo del arte dadá, que de cierta forma, termina no siendo del todo negativo, al afirmar la vida mediante lo lúdico, lo paradójico y absurdo.

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