jueves, 19 de diciembre de 2013

Adornando a Schoenberg para que se escuche más chévere





Para Edgar Varèse, la música es “sonido organizado”. Esta organización puede ser un orden, o un desorden; mas, aunque sea (o suene a) desorden, siempre será un orden:
Dodecafonismo: Si es primera vez que lo oyes, dirás ¿qué rayos? Pero sí, este es el inicio de la música académica del siglo XX.: Segunda Escuela de Viena: Fundador: Arnold Schönberg, músico, pintor  (y más) austriaco, que introdujo la técnica del dodecafonismo: “Método de composición con doce sonidos”
Este método trata de forma equivalente a las 12 notas de la escala cromática, no establece jerarquía entre ellas. No hay una nota según la cual gravite la tonalidad de la obra, por eso cuando le muestro composiciones dodecafónicas a mi madre, no le gusta. 

 Arnold Schönberg

¿A quién le gusta esto?

A mí, entre varias personas. ¿Por qué? No sé. Tal vez es porque ya me comí el floro teórico. Me resulta interesante. Los músicos deben haber comido hasta el cansancio esto, vomitándolo y volviéndoselo a comer. Pero sí, cuando le coges el gusto, o mejor dicho el interés, las cosas cambian. Ya no te tiene que parecer “bonito”, ni siquiera “feo”, no te tiene que hacer recordar nada. Digo, no TIENE QUE, mas sí puede. No hay letra que hable de amor y desamor, de perdón y de corazón, pero en la forma se explota lo que se busca transmitir ¿evocar? ¿representar?

Algunos, como Adorno, por ejemplo, dirían que a partir de la forma, se transmite mucho: No se queda en lo representacional sonido → concepto (programática), ni en la dualidad hedonista del sonido por el sonido (absoluta); sino que trasciende eso, yendo más allá del sonido mismo: el fenómeno musical va más allá de la música. Ese ir más allá es la libertad, que lleva al hombre más allá de los límites históricos. Sin embargo, no se escapa de la representación: pues representa la libertad.

La verdad es que no entiendo bien a Adorno. Me cae mal. 

Entonces por qué no somos libres seámoslo siempre con un poema fonético dadá: Adorno dice: Nada que ver, pes.



Una Ursonate de Kurt Switchers, no es libertad, es estupidez, no hay concepto detrás. Es sonido por sonido, se queda en la música absoluta. No va más allá, no representa nada: tanto en forma como en contenido, es vacía.

Entonces por qué no improvisamos un jazz: Adorno dice No, querido:



El jazz remarca la brecha entre la música de negros y de blancos (o algo así). Tampoco es bacán improvisar porque ahí hay una libertad sin concepto. Aunque mi canto sea la definición de “libertad” de la Real Academia Española, eso no vale. No tiene concepto sujeto a la historia. Ornette Coleman y este free jazz que escuchamos se pone triste.

Entonces si quiero hablar de libertad escucho a Bob Dylan: Adorno dice No, baby:



Para Adorno, el sistema tonal ya no puede dar lo que antes daba: se quedó corto. La música debe hacer explícito su contenido en la forma. En Schönberg: Una lluvia atonal, se percibe. En Bob Dylan, “muy explícita tu queja, choche, lees la letra y ya está”. Pero ¿quién dice cómo debe ser la música? ¿Hay un DEBER SER en ella?

Hay personas que se fijan mucho en la letra, otras, tararean la melodía, y otras, golpean sus muslos el ritmo de la batería o cantan la línea del bajo. Pero el señor Adorno quiere ir más allá del sonido mismo, realizando una libertad que trasciende lo histórico… ¿eso le digo a mi madre cuando escuche a Schönberg? 


Interesante es, pero no DEBE SER, para todos no, al menos. No todos entienden el floro teórico. No todos gustan del floro teórico. No DEBE tener un floro teórico para gustar, pero si te gusta, adelante, disonante.

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