Era una discoteca y la música
estaba muy alta. A pesar de los 1.50 grados de miopía, apreciaba más de cien
cuerpos bailando al ritmo de la música electrónica: chicas vestidas con ropa de
abuela intervenida, peinados setenteros, drogas y toqueteos legítimos, tiempo
presente. Entre el volumen de la música y el ambiente etílico surgió un
cuestionamiento sobre la danza, a partir de un reclamo por su esencia y
reivindicación en la contemporaneidad.
A lo largo del siglo XX, el
crítico de arte Clement Greenberg encarnó un nuevo paradigma del arte: Frente a
la muerte del paradigma mimético, aparecía el paradigma modernista, de una
búsqueda furtiva por la esencia pura de cada disciplina artística y su autonomía
e identidad. Experimentos, errores, ironías, paradojas, fueron algunos de los
resultados que dieron un arte nuevo, de carácter reflexivo y filosófico, de
autocuestionamiento. Movimientos, vanguardias y corrientes de la época
realizaron obras realmente interesantes sobre el arte mismo como medio y fin,
sobre la potencialidad de su mensaje, sobre su utilidad, legitimidad y validez
estética, etc. Este nuevo rumbo del arte fue tomado en varias disciplinas por
muchos artistas (ya que otros como el pintor estadounidense Hopper, por
ejemplo, siguieron fieles al paradigma mimético del arte tradicional). La danza
también tuvo sus exponentes que llevaron el movimiento a terrenos inexplorados,
como Pina Bausch, Martha Graham, entre otros. Pero retomando la pregunta del
paradigma de Greenberg ¿qué implica la danza? ¿cuál es su esencia? ¿la danza
debe apreciarse independientemente de las otras artes?
La danza no debe subordinarse a
la música y la música tampoco a la danza: ambos son un espectáculo del tiempo y
del espacio: corporalidad, teatralidad, expresión, movimiento en el espacio a
tiempo presente. La danza “espacializa” la música y la presencia de la música
permite enmarcar la realización de la danza en un flujo temporal finito. La naturaleza
de la danza se vincula con la música. No necesariamente requiere de seguir los patrones de la música,
ya que puede darse sin que exista música o, como en el caso de los proyectos de
John Cage y Merce Cunningham , pueden llevarse a cabo simultáneamente pero sin
interrelacionarse. Sin embargo la danza sí requiere de música: de musicalidad
corporal: de un pulso, un ritmo (no necesariamente constante) que le dé una
base a los movimientos. Como señala el
bailarín de ballet y coreógrafo Serge Lifar: "En el principio era la
danza, y la danza estaba en el ritmo, y el ritmo era la danza. En el comienzo
era el ritmo y todo ha sido hecho por él, y nada ha sido hecho sin él."
Por otro lado ¿qué es la danza?
¿Movimiento corporal según un ritmo durante un flujo temporal? ¿Entonces
caminar sería danza? Tiene ritmo (tanto interno como podría tener uno
proveniente de una fuente externa, como al escuchar música simultáneamente),
pero de lo que carece es de intención. Y si tuviese la intención de ser danza,
tendría que estar inscrito en un terreno institucionalizado del arte, donde
algún artista “contemporáneo” la convierta en una obra legítima. O se podría
esperar que un artista contemporáneo controversial se convierta en el John Cage
de la danza planteando una cuestión filosófica estableciendo que todo
movimiento es danza (y que nada lo es). Si no sigue esta condición, entonces no
sería percibido como danza, ya que se confundiría con la cotidianidad (al igual
que los 4’33’’ que, si no se presentan en un ambiente institucional que lo
enmarque, no se apreciarían como arte, pues se verían confundidos con el mero
sonido del presente cotidiano). Sin embargo, desde la danza contemporánea, se
han abierto las posibilidades de expresión corporal como danza. Ésta ya no
necesariamente debe tener una finalidad estética, pues puede tener una
finalidad de exploración de las posibilidades corporales, experimentación,
expresión de una temática o expresión corporal.
Tampoco le podemos exigir
protagonismo a la danza pura en este contexto, definido por Arthur Danto como
“era posthistórica del arte”, ya que acá todo es válido y, luego de que en la
mayor parte del siglo XX se indagara por la esencia de cada arte “puro”, a
partir de los primeros happenings y performances los límites se vuelven difusos
y el arte otra vez cobra una dimensión interdisciplinaria en muchos casos: como
la ópera de Wagner, un ejemplo de lo que señala el filósofo Eugenio Trías de lo
que sería un arte “mixto” (es decir, espacial y temporal). Esta categoría de
arte mixto lo comparte con el teatro por su dimensión espacial y temporal.
Ambas artes se interrelacionan: el teatro tiene mucho de danza, pero la danza
también tiene mucho de teatro. Hay una necesidad de gestualidad y movimiento
expresivo: en otras palabras: conciencia, dominio y reivindicación de la
corporalidad.
¿Es esto bailar?
La danza no está banalizada:
está más presente que nunca en esta época donde mucha gente dedica su tiempo
libre a bailar en todo tipo de eventos sociales (o inclusive en la oscuridad de
su cuarto). Eso ES danza pues tiene una finalidad de expresión corporal, de
liberación de tensión y de movimiento rítmico y controlado, además de que
podría ser estético (aunque éste atributo es debatible en algunos casos). La
danza de los sábados en la noche en las discotecas es danza, no se puede negar,
pero aquí debemos hacer hincapié en la diferencia entre la “danza”
institucionalmente legitimada como arte y el “baile” de la gente en el día a
día. Para el primero uno debe ser danzante o artista, mientras que para el
segundo basta con ser un simple mortal.
Por esto, el “baile” está
presente en la cotidianidad, mientras que la “danza” no. Además, la danza
contemporánea requiere de este marco (brindado por la institucionalidad o por
otros medios) que señale que lo presenciado es danza, ya que no todas las masas
serían capaces de percibir esos movimientos como arte, pues estarían más
acostumbrados a una concepción de danza tradicional (al igual que pasaría si en
un café se pone la música del compositor italiano Luigi Nono, por ejemplo). Estas
artes (visto desde el punto de vista del arte académico de las respectivas
disciplinas) durante los últimos años, a pesar de haberse enfrentado a las
concepciones académicas tradicionales del arte, se han mantenido fuera del
alcance popular (en términos de conocimiento de la existencia de estos artistas
y el entendimiento de sus propósitos y planteamientos filosóficos). Pocos
conocen a Cage como pocos conocen a Pina Bausch. Tal vez los críticos de arte o
los intelectuales sepan de ellos, pero su “artisticidad” no llega a los
sectores más populares, pues requiere de comprensión de la concepción
tradicional de música o danza para comprender su revolución filosófica al
indagar por la esencia de aquellas artes, desvinculándose con los paradigmas
tradicionales de la música del periodo clásico o el ballet, por ejemplo. Es tan
común que alguien no conozca a Pina como que alguien no conozca a Cage. Pero en
el Perú muchos conocemos a Vania Masías y Pachi Valle Riestra y no sabemos
necesariamente de Danza Contemporánea. La danza contemporánea tiene mucho de
exploración de las posibilidades corporales pero se deja influir por elementos
de la danza “académica”, tanto como por elementos de danzas folklóricas,
tribales y actualmente, danzas populares como el hip hop, por ejemplo.
Considero que pasa lo mismo con
la música: se puede saber o no quién fue Mozart, Beethoven, Wagner, pero igual se
va a apreciar la música, la música forma parte de la vida cotidiana colectiva,
al igual que la danza. La gente danza en los bares, en la calle, en las
fiestas, en todos lados. Pero, al contrario de la música, todos bailan,
mientras que no todos hacen música (por más que la escuchen), por esto, de
cierta forma es algo más “democrática”. Sin embargo, en ambos casos, en la
contemporaneidad (o modernismo de mediados del siglo XX en el caso de la
música), ha habido un “feedback” entre lo popular y lo académico. Y ese
contenido innovador que tiene, se presenta muchas veces interrelacionado con
otras artes como el teatro, la performance y el cine, por ejemplo. La pregunta
de por qué no se le da un protagonismo a la danza ya no tiene mucho asidero,
pues en esta época el arte es una categoría muy abierta. Por ejemplo, muchas
veces se concibe de manera integrada e interdisciplinaria y no pura, o ya no
hay una legitimización en pro del academicismo frente a lo popular. Por esto considero
que la danza no está trivializada, por el contrario, cada vez más va ganando su
espacio en los ambientes populares, de donde los danzantes contemporáneos toman
varios de sus pasos e influencias y los fusionan con los tradicionales. El
baile está presente más que nunca y aunque no sea considerado como “el arte de
la danza”, no creo que necesite ser reconocido como tal para que sea tomado en
cuenta como importante para la expresión humana y presente en la cultura como
un arte democrático y que reivindica la corporalidad (lo cual está muy de moda
en estos días).

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